Mucho se ha dicho de la llamada cultura light, de esa ligereza generalizada que ha alcanzado altos niveles en diferentes ámbitos de la vida contemporánea. Se habla de crisis existenciales masivas. Vacios emocionales generados por la naturaleza anodina que caracteriza a las relaciones, aficiones, gustos y hábitos del hombre moderno. Pero muy poco se dice del papel que el hombre desempeña como observador pasivo de su entorno.
La modernidad ha convertido la esencia de las cosas. El hombre contemporáneo ha buscado en ese nuevo concepto desechable la vía rápida para facilitar su existencia, para atormentarse menos y para admitir, sin entender, una forma de vida más conveniente, más cómoda.
Cuando se discuten conceptos tales como el amor, la política, la religión, el arte o la moda, a menudo se llega a conclusiones presurosas, se acentúa el sinsentido que éstos conceptos han adquirido en la actualidad, se reflexiona y añora una utopía. Sin embargo, en el fondo, en el clímax del discernimiento, se evitan ciertos juicios para no herir susceptibilidades. Y es ahí donde podemos entender el rol que el hombre moderno ejerce como observador pasivo, y no crítico, de su realidad.
La banalidad ha atravesado la última frontera y se ha instalado, no solamente en la exteriorización de los sentimientos humanos, sino en sus entrañas.
En la vida política y social de México, por ejemplo, una democracia adolecente, puede advertirse ese proceder hipócrita y pueril que caracteriza a los críticos y actores sociales de nuestra época.
El crítico político; una figura pública que es respetada por su noble labor dentro de una sociedad. Personas concienzudas, inteligentes, analíticas, investigadores por naturaleza cuyo trabajo es informar y opinar sobre los sucesos actuales. Su opinión está situada en lo más alto de la escala pública puesto que son expertos en el tema. Analizan el presente y consignan la historia. Pues bien, hasta el trabajo del intelectual se ha degradado en sociedades corrompidas como la nuestra.
El intelectual aligera el contenido de su trabajo para no desagradar. Consigna los sucesos bajo un criterio admisible, nadie quiere pasar por loco o necio. El analista arriesga su nombre, su trabajo y credibilidad cuando apuesta por ser honesto y refleja coherencia entre su entorno y sus opiniones.
Los críticos libres, unos pocos que han dejado a un lado los estereotipos periodísticos y que se han separado de los monopolios mediáticos, son tachados de extremistas y anarquistas. Esconder ideales, secundar y respaldar a la clase política es la actitud de los líderes de opinión. Se sataniza lo diferente, lo transgresor. Los analistas se convierten en repetidores de versiones ajenas y superfluas. Comunican, opinan y de paso se vuelven comediantes involuntarios.
Con la idea de una noble labor de informar disfrazan intereses personales. Su trabajo obedece más a un ego profesional que a la responsabilidad intrínseca de informar y formar que como comunicadores deberían de aceptar y cumplir.
¿De qué sirve a una sociedad desinformada el trabajo simulado de quienes se supone deberían hablar y discutir abiertamente los problemas políticos y sociales?
La levedad insana que se ha propagado en todos los ámbitos de la vida moderna en ningún sentido daña tanto a las sociedades como cuando está en juego el trabajo intelectual y artístico. La interpretación que el hombre hace de su entorno mediante el análisis, la crítica y la creación debe ser libre y nunca condicionada.
Viridiana Quintero
De acuerdo. Creo que el mayor problema es el culto al dios preponderante: el dinero. Cuando estar posicionado dentro de una sociedad significa lo mismo que ser poderoso económicamente, todo se pervierte. La opinión crítica honesta pasa a un segundo término. El dinero corrompe, y eso es lo que tenemos actualmente: un aparato crítico-intelectual corrompido.
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