Fuera Calderón

Faltan

para el fin del sexenio.

lunes, 20 de septiembre de 2010

*Política militar e industria del crimen

Viridiana Quintero



Los gobiernos represivos y de facto tienen la mentira y la simulación como línea rectora. Pero si además son ilegítimos, como el que representa Felipe Calderón, se sirven de golpes mediáticos que buscan generalizar el miedo y la incertidumbre social, además de esconder intereses políticos electorales.

Es el caso de la política militar, como único y cuestionado proyecto de gobierno. Los operativos contra el narcotráfico, que en las últimas semanas han emprendido efectivos de las secretarías de la Defensa Nacional (Sedena), Marina (Semar), Seguridad Pública (SSP) y la Procuraduría General de la República (PGR), por órdenes federales en Michoacán, Tijuana, Sinaloa, Tamaulipas y Guerrero subrayan la vocación autoritaria de Calderón y encaminan hacia un Estado represor.

Si además evocamos que más de la mitad del total de efectivos de la Agencia Federal de Investigación (AFI), 3 mil 444 agentes, están involucrados en actos delictivos, las medidas de seguridad recientemente implementadas resultan especialmente preocupantes.

La decisión inconstitucional del gobierno federal de imponer bajo un solo mando, el de Ardelio Vargas Fosado, a la Policía Federal Preventiva (PFP) y la AFI, promueve la concentración de poder policiaco y violenta la autonomía de la división de poderes, que podría terminar en violaciones a los derechos humanos por abuso de autoridad. Así sucedió en Michoacán, donde los profesores Custodio Núñez Paniagua y Mariana Vega Méndez presentaron un amparo ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos, en el cual sostienen que el 15 de diciembre policías federales detuvieron injustamente a su hijo Alejandro Núñez Vega en Apatzingán, durante la Operación Conjunta Michoacán, para después irrumpir violentamente en el domicilio.

¿Cuántos casos de sumarán a éste para quedar impunes bajo la política militar de intereses facciosos que buscan minimizar los derechos de las mayorías?

En sus primeras semanas, el gobierno ilegítimo de Felipe Calderón ha sido abiertamente apegado a las políticas de George W. Bush, quien además de planear invertir en los energéticos de nuestro país, se suma, con su hipocresía habitual, a la creación de la figura de un zar antidrogas, que tendría vínculo directo con la Agencia Antidrogas Estadounidense (DEA).

Esta decisión antinacionalista resta autonomía a los asuntos de seguridad y promueve la política entreguista de la derecha fascista.

El uso excesivo de la fuerza pública no acabará con la violencia y la delincuencia organizada, pero quizás sí logre la seguridad requerida por el gobierno de Estados Unidos para establecer la inversión extranjera.

Obviamente los operativos policiacos, que han tenido a la par una promoción espectacular con gran carga mediática, no obedecen a una intención real por disminuir el crimen organizado, sino a una estrategia electoral que busca, en caso de Baja California, alcanzar la hegemonía del PAN en los próximo comicios de la entidad.

Además de los intereses electorales, los operativos pretenden fortalecer el poder a base de políticas de miedo, ante los movimientos sociales, que en una sociedad quebrantada y polarizada se magnifican, como en los casos de Atenco y Oaxaca.

El operativo mediático-militar del gobierno ilegítimo es anticonstitucional y absurdo, si tomamos en cuenta que el crimen organizado no termina con escenificaciones de una organización militar majestuosa, porque al final del día los órganos policiales solapadores del narco abren el telón a la corrupción, y porque la investigación de los delitos contra la salud no se encuentran entre las funciones del Ejército.

La regresión social y política que la derecha ha causado se refleja en la pretensión de creer que un gobernante es jefe de las Fuerzas Armadas sólo por sobreponerse un disfraz que le resulta ridículamente superior.

*Artículo publicado el lunes 15 de enero de 2007 en La Jornada Zacatecas, Año 1, número 255

















sábado, 18 de septiembre de 2010

El ritmo; abstracción de la vida

Viridiana Quintero


 
Yo que soy una obsesiva del orden de ciertas cosas; del orden de las palabras, de los objetos y hasta de mis ideas, encontré, en un pensamiento que había tenido tiempo atrás, mientras hacía sonar mis uñas contra una repisa de cristal, la extraña armonía entre el movimiento de mis dedos, que era casi inconsciente y el de todo lo que me rodeaba. De pronto el entorno se movía al mismo ritmo; la gente, los coches y las hojas en el asfalto parecían seguir el acorde de mi mano.

Del latín rhythmus, y este del griego rythmós, la RAE define al ritmo como el orden acompasado en la sucesión de las cosas. Entonces, ¿el ritmo está en todo lo que hacemos, es intencionado? ¿O él mismo nos marca pauta de acción?

Desde los inicios de la filosofía se estableció que el ritmo es un elemento dentro de las leyes fundamentales del universo, que rigen tanto la fenomenología de la materia como del espíritu. Partiendo de las variaciones lógicas de contenido en cada época, el ritmo vendría a ser la única constante en el seno de la historia, lo que establece un cierto orden en el movimiento y evita que la dictadura de formas rígidas desgaste el idioma-motivo “que no triunfa opreso en la inercia de las formas hechas”, dice Alfonso Reyes en sus Prolegómenos a la Teoría Literaria (Reyes, 1986: 29-30 y 214).



Pitágoras trató de explicar el equilibrio mediante principios numérico-musicales patentes en la naturaleza. El sentido rítmico es lo que da la impresión más profunda de variantes, mediante el abandono interior que nos vuelve a la percepción primitiva o intuitiva, anterior al lenguaje. Podemos decir que el ritmo es un elemento preexistente a la palabra, se incubó en la euritmia emocional que experimentaron los seres humanos ante lo inexplicable. Surge así la poesía ligada a la música y a la danza, arte de la palabra que el tiempo desligará de éstas para conservar sólo el elemento musical del ritmo. Ritmo es pues movimiento acompasado, pero también indefinido; un dinamismo que rige la vida del espíritu, estético y no mecánico, cuyo fundamento numérico servirá para buscar el tiempo de lo real subjetivo en la percepción especial del sentimiento.

En poesía, la belleza queda condicionada a la coincidencia rítmica entre el movimiento real de las cosas ya acomodadas a lo interno, como lo explica José Vasconcelos en su ensayo sobre la teoría pitagórica y el movimiento.



En este terreno la complicación formal se triplica. Por un lado, el artista obedece y es producto del movimiento que le impone su tiempo, pero también responde al ritmo interior que la vida le imprime a su emoción; por último, ambos principios deben enlazarse con la armonía estética.

Pero vayamos a la motivación de nuestros ritmos en la no creación, esos ritmos naturales e individuales; el que lleva nuestra forma de caminar, hablar, cocinar, pensar etc.

Todas las expresiones humanas constan de formas rítmicas que definen no sólo su exterior sino también su esencia. De acuerdo con la influencia que el entorno tiene sobre el individuo podemos decir que cada sociedad posee un ritmo propio. Cada ritmo es pues, una forma de vida, es percepción y representación de lo material, una asimilación mental.

Entonces el ritmo universal del que hablan algunos filósofos se convierte en una abstracción que nada tiene que ver con la capacidad natural y espontánea que poseemos para ver y sentir el mundo, para movernos en él de una particular forma y para individualizar nuestra propia existencia.


jueves, 22 de julio de 2010

Perspectivas del periodismo televisivo frente a los medios emergentes

Viridiana Quintero


Los medios de comunicación tienen diferentes funciones dentro de la sociedad que los genera. Sin duda alguna la principal es informar objetivamente los acontecimientos del entorno social. Vista desde un punto de vista teórico, la labor periodística se simplifica entendiéndola como un vínculo entre el entorno público y el privado, sin embargo, en la actualidad los medios de comunicación en México, específicamente la televisión, se enfrentan a nuevos retos ante una imperante falta de credibilidad generada por la inestabilidad política y social.


Desde su aparición, la televisión ha sido modeladora de la realidad, plataforma pública que abandera la fiel representación de lo cotidiano, proyecta, analiza e interpreta. Su alcance territorial e inmediatez la hacen omnipresente y también peligrosa.

“La televisión es la fuente más importante de información, entretenimiento y cultura para millones de mexicanos; generadora y reproductora de valores, expectativas, ilusiones y, sobre todo, de imagen y credibilidad para los políticos instalados en la era del espectáculo y la popularidad”.1


En materia de periodismo la televisión mexicana aligera su contenido y apuesta por el llamado infoentretenimiento. Banaliza la noticia y codifica la información obedeciendo a estrategias de mercado más que a su labor periodística.

En nuestro país la televisión abierta está conformada por un duopolio televisivo que trabaja por dos intereses complementarios: intereses comerciales e intereses políticos. Los intereses comerciales, buscan poder económico y acarrean como consecuencia pobreza cultural y social. Los intereses políticos provocan autocensura e intervienen en el establecimiento de la agenda pública.



Ante éste escenario una parte de la audiencia mexicana, principalmente quienes tienen acceso a otros medios informativos, muestran desinterés a la información que la televisión abierta emite. La otra parte, son ciudadanos que no cuentan con otros medios informativos ya sea por situaciones económicas, culturales o educativas; y admiten como cierto todo aquello que les presenta la pantalla.

La televisión mexicana no equilibra su contenido. La programación noticiosa es mínima y apenas se distingue del espectáculo

Sin embargo, debemos identificar a la televisión como un medio extraordinario que puede transformarse para cumplir eficazmente su labor periodística y desarrollar contenidos que interesen a todo tipo de televidentes.

El principal reto del periodismo televisivo es hacer frente a la incredulidad y cubrir las necesidades informativas de las nuevas generaciones. Cada vez es mayor el número de personas que utilizan las nuevas tecnologías y los medios emergentes como el periodismo digital. Este tipo de público busca información oportuna y no se conforma con la inmediatez y la cobertura de temas aislados sin trascendencia social.

Los medios masivos tienen como principal responsabilidad difundir la cultura popular y hegemónica de una sociedad. En este sentido, los medios alternativos representan un espacio plural e independiente que se revela como la nueva forma de hacer periodismo. La televisión debe apostar por contenidos dinámicos que compitan con la participación y apertura social lograda por los medios emergentes.

Una sociedad en desarrollo necesita una televisión pública que apele por la culturización de contenidos, investigación periodística y pluralidad de ideologías. El futuro del periodismo televisivo está en manos de los concesionarios y de la regulación de medios electrónicos. De ello dependerá el papel que juegue la televisión frente a las nuevas prácticas comunicativas; posibilitar un periodismo independiente y objetivo o sacrificar la calidad informativa y la ética periodística por intereses comerciales y políticos.







1 Villamil, Jenaro, La Televisión que nos gobierna, México, 2005, Grijalbo, pág. 9





miércoles, 7 de abril de 2010

Otra teoría sobre la felicidad





El origen del conocimiento humano se ha indagado desde que el hombre comenzó a cuestionarse a sí mismo el sentido de su existencia y ciertamente desde entonces dejó de ser feliz. Si éste razonamiento es cierto, entonces la lógica nos llevaría a pensar que la búsqueda del conocimiento y el conocimiento mismo, los cuales son inherentes a todo ser humano, es lo que lo aleja de la felicidad, entendida ésta, desde un punto de vista subjetivo, como un estado de ánimo dónde los cuestionamientos han desaparecido, las preocupaciones no existen y las pretensiones se han cumplido.

Es decir, si por naturaleza humana el hombre tiene la necesidad de cuestionar su existencia y la de su entorno entonces es su propia naturaleza la que le impide lograr un estado de armonía, o ser feliz.

 
La felicidad, igual que otros conceptos del desarrollo humano, es abordado en las reflexiones existenciales de poetas, filósofos, pensadores y hasta ha sido objeto de investigaciones científicas como la realizada en La Universidad Erasmus de Rótterdam de Holanda en cual con una base de datos llamada "World Database of Happiness", se busca cuantificar el grado de felicidad de 143 países, sin embargo, hablar de ella no nos ha llevado a ningún concepto que pueda generalizar la idea de felicidad que unos y otros tenemos.

 
Por ejemplo; hoy en día somos constantemente bombardeados de información, conceptos, ideas y estereotipos que corresponden a visiones falsas de la realidad en la que vivimos y más aún, que obedecen a intereses de terceros en busca de ciertas reacciones de las masas para validar lo corrupto o arbitrario como sucede en el ámbito político-público, y desde esa apropiación y entendimiento de nuestro entorno podemos idealizar falsos conceptos de felicidad.

Se habla siempre de felicidad como un objeto final, como algo que ha de llegar después de hacer, tener o entender, es decir, desde la ética de Aristóteles hemos entendido y propagado la idea de la felicidad como un premio, como un fin de todo lo malo, alcanzar el estatus máximo de cada uno, sin embargo, es improbable que todos tengamos siquiera una meta por alcanzar y desde ese punto, considerando la diversidad del pensamiento humano, tendríamos que entender a la felicidad como un medio, como un todo que nos mueve, a cada uno y por separado, a vivir y ver la vida desde una perspectiva interna y propia sin importar cuál sea y sin importar en qué se base.

Desde ese razonamiento podemos entender entonces que el hombre ha sobrevalorado el concepto de felicidad y que al mismo tiempo a sacrificado la posibilidad de alcanzarla para engañarse a sí mismo con una búsqueda absurda de una idea utópica que según el tiempo y el espacio va cambiando y se hace cada vez más pretenciosa, irreal y además alejada de toda condición natural humana.


Viridiana Quintero

miércoles, 3 de febrero de 2010

Levedad insana



Mucho se ha dicho de la llamada cultura light, de esa ligereza generalizada que ha alcanzado altos niveles en diferentes ámbitos de la vida contemporánea. Se habla de crisis existenciales masivas. Vacios emocionales generados por la naturaleza anodina que caracteriza a las relaciones, aficiones, gustos y hábitos del hombre moderno. Pero muy poco se dice del papel que el hombre desempeña como observador pasivo de su entorno.


La modernidad ha convertido la esencia de las cosas. El hombre contemporáneo ha buscado en ese nuevo concepto desechable la vía rápida para facilitar su existencia, para atormentarse menos y para admitir, sin entender, una forma de vida más conveniente, más cómoda.


Cuando se discuten conceptos tales como el amor, la política, la religión, el arte o la moda, a menudo se llega a conclusiones presurosas, se acentúa el sinsentido que éstos conceptos han adquirido en la actualidad, se reflexiona y añora una utopía. Sin embargo, en el fondo, en el clímax del discernimiento, se evitan ciertos juicios para no herir susceptibilidades. Y es ahí donde podemos entender el rol que el hombre moderno ejerce como observador pasivo, y no crítico, de su realidad.

La banalidad ha atravesado la última frontera y se ha instalado, no solamente en la exteriorización de los sentimientos humanos, sino en sus entrañas.
En la vida política y social de México, por ejemplo, una democracia adolecente, puede advertirse ese proceder hipócrita y pueril que caracteriza a los críticos y actores sociales de nuestra época.

El crítico político; una figura pública que es respetada por su noble labor dentro de una sociedad. Personas concienzudas, inteligentes, analíticas, investigadores por naturaleza cuyo trabajo es informar y opinar sobre los sucesos actuales. Su opinión está situada en lo más alto de la escala pública puesto que son expertos en el tema. Analizan el presente y consignan la historia. Pues bien, hasta el trabajo del intelectual se ha degradado en sociedades corrompidas como la nuestra.

El intelectual aligera el contenido de su trabajo para no desagradar. Consigna los sucesos bajo un criterio admisible, nadie quiere pasar por loco o necio. El analista arriesga su nombre, su trabajo y credibilidad cuando apuesta por ser honesto y refleja coherencia entre su entorno y sus opiniones.

Los críticos libres, unos pocos que han dejado a un lado los estereotipos periodísticos y que se han separado de los monopolios mediáticos, son tachados de extremistas y anarquistas. Esconder ideales, secundar y respaldar a la clase política es la actitud de los líderes de opinión. Se sataniza lo diferente, lo transgresor. Los analistas se convierten en repetidores de versiones ajenas y superfluas. Comunican, opinan y de paso se vuelven comediantes involuntarios.


Con la idea de una noble labor de informar disfrazan intereses personales. Su trabajo obedece más a un ego profesional que a la responsabilidad intrínseca de informar y formar que como comunicadores deberían de aceptar y cumplir.

¿De qué sirve a una sociedad desinformada el trabajo simulado de quienes se supone deberían hablar y discutir abiertamente los problemas políticos y sociales?

La levedad insana que se ha propagado en todos los ámbitos de la vida moderna en ningún sentido daña tanto a las sociedades como cuando está en juego el trabajo intelectual y artístico. La interpretación que el hombre hace de su entorno mediante el análisis, la crítica y la creación debe ser libre y nunca condicionada.


Viridiana Quintero